Culpa después de una relación violenta: ¿Por qué sigo sintiendo que fue mi responsabilidad?

Itzayana Orozco Rosales / Brenda Monserrath Morales Pérez

“¿Y si hubiera sido más paciente?” “Tal vez exageré lo que pasó.” “Si hubiera cambiado algunas cosas, quizá la relación habría funcionado.”
Estas preguntas pueden aparecer una y otra vez después de una relación violenta. Incluso cuando la relación ha terminado, es posible continuar revisando conversaciones, discusiones y decisiones del pasado en busca de algo que permita explicar lo ocurrido.
Muchas personas llegan a terapia convencidas de que el problema no fue únicamente la violencia que vivieron, sino también las decisiones que tomaron durante la relación. Se culpan por no haberse ido antes, por haber dado otra oportunidad, por haber regresado o incluso por seguir extrañando a alguien que les lastimó.
Pero sentir culpa no significa necesariamente haber sido responsable.
La culpa puede ser una de las consecuencias de haber vivido durante mucho tiempo en una relación en la que se cuestionaban tus decisiones, se minimizaban tus emociones o se te hacía responsable de las conductas de la otra persona. Comprender cómo se construyó esa culpa no elimina el dolor de inmediato, pero puede ayudarte a dejar de cargar con una responsabilidad que no te correspondía y comenzar a mirar tu historia de una manera más justa.

La violencia no comienza con un golpe
Cuando hablamos de violencia de pareja, muchas veces pensamos únicamente en golpes o agresiones físicas. Sin embargo, también puede presentarse de maneras menos visibles, como el control, las humillaciones, las amenazas, el chantaje emocional, la manipulación, el aislamiento o las críticas constantes.
Aunque estas conductas no siempre dejan marcas visibles en el cuerpo, pueden afectar profundamente la autoestima, la seguridad y la percepción que una persona tiene de sí misma. Sus consecuencias, además, pueden permanecer incluso después de que la relación ha terminado.
En algunas ocasiones, la violencia comienza de manera gradual. Una crítica que parece aislada, una revisión del teléfono presentada como una muestra de “interés”, una discusión en la que terminas pidiendo perdón, aunque no hayas hecho nada, o una amistad que poco a poco dejas de frecuentar para evitar conflictos.
Con el tiempo, estas experiencias pueden modificar la manera en que una persona se percibe a sí misma y entiende lo que ocurre dentro de la relación. La crítica constante, la descalificación o el cuestionamiento de sus decisiones pueden hacer que empiece a desconfiar de lo que siente, piensa o recuerda. Puede llegar a normalizar conductas que antes le parecían injustas y comenzar a mirar cada conflicto desde la pregunta: “¿Qué hice mal?”
Cuando durante meses o incluso años alguien escucha mensajes como “todo es tu culpa”, “estás exagerando” o “tú provocas los problemas”, es posible que esas ideas comiencen a formar parte de su propio diálogo interno.
Así, la culpa puede dejar de sentirse como algo que viene únicamente de la otra persona y convertirse en una forma habitual de interpretar lo que ocurre.
Entonces… ¿cómo se construye la culpa?
La culpa no suele aparecer de un día para otro. Cuando existen señalamientos constantes y conflictos en los que se te responsabiliza de lo sucedido, es esperable que, ante una nueva dificultad, en lugar de preguntarte “¿qué está pasando aquí?”, puedas comenzar a preguntarte automáticamente: “¿yo provoqué esto?”
Esta idea puede reforzarse a través de mensajes que, al principio, parecen comentarios aislados: “Todo esto pasó porque tú empezaste la discusión.” “Si confiaras más en mí, no tendría que enojarme.” “Siempre haces que saque mi peor versión.”
Cuando este tipo de mensajes se repite con el tiempo, pueden comenzar a convertirse en explicaciones que uno mismo acepta sobre lo que ocurre en la relación. Entonces, puedes empezar a vigilar constantemente tus palabras, tu tono, tus decisiones y tus reacciones, tratando de identificar qué podrías hacer diferente para evitar el siguiente conflicto.
Incluso puede surgir una lógica como esta: “Si soy más paciente, quizá no se enoje.” “Si explico mejor las cosas, quizá no discutamos.” “Si cambio esta parte de mí, quizá todo vuelva a estar bien.”
Esta forma de pensar puede convertirse en un intento de recuperar el control de una situación que se siente impredecible. Si logras encontrar aquello que estás haciendo “mal”, quizá puedas corregirlo y evitar que vuelva a ocurrir.
El problema es que esta lógica termina colocando sobre ti la responsabilidad de prevenir la conducta violenta de otra persona. Puedes revisar tus propias conductas, reconocer errores, aprender de ellos o desarrollar nuevas formas de relacionarte. Pero nada de esto garantiza que otra persona decida tratarte con respeto.
Incluso cuando una persona responde de manera defensiva ante situaciones que le generan miedo, frustración o malestar, eso no la convierte en responsable del maltrato que recibe.
La responsabilidad de ejercer violencia corresponde a quien la ejerce.
Si ya terminó todo, ¿por qué sigo sintiéndome culpable?
Terminar una relación no significa que desaparezcan automáticamente las consecuencias de lo vivido. Aunque la otra persona ya no esté presente, algunas de las ideas y formas de interpretar lo ocurrido durante la relación pueden permanecer.
Pueden aparecer pensamientos como: “Quizá exageré.” “También cometí errores.” “No fui una buena pareja.” “Tal vez él o ella tenía razón.”
Estos pensamientos pueden surgir incluso cuando, desde fuera, resulta evidente que la persona vivió situaciones de violencia.
Después de una experiencia dolorosa, es natural intentar encontrar una explicación. Necesitamos comprender qué ocurrió, por qué ocurrió y qué podríamos haber hecho diferente. El problema aparece cuando, al buscar respuestas, la explicación termina centrándose principalmente en nosotros mismos.
Esto puede comprenderse a partir de los procesos de atribución, es decir, de la manera en que interpretamos las causas de lo que nos ocurre. Cuando la culpa se ha instalado, la persona puede tender a explicar lo sucedido a partir de sus propios errores, características o decisiones, dejando en segundo plano el contexto de la relación y la responsabilidad de quien decidió ejercer violencia.
Además, después de la ruptura pueden existir condiciones que mantengan esta forma de interpretar lo ocurrido. El aislamiento o debilitamiento de la red de apoyo, el contacto frecuente con la expareja, la ambivalencia afectiva o la falta de nuevas experiencias que permitan recuperar la confianza en el propio criterio pueden dificultar que estas ideas se cuestionen.
Por eso, trabajar la culpa después de una relación violenta no implica simplemente decirle a la persona que “no fue su culpa”. También implica revisar cómo aprendió a explicar lo ocurrido y qué factores siguen reforzando esa explicación en el presente.
Identificar estos procesos permite construir una comprensión más amplia de la experiencia, en la que puedan reconocerse los propios errores sin asumir la responsabilidad por la violencia ejercida por otra persona.
La culpa puede dar una falsa sensación de control
Puede parecer contradictorio, pero pensar “fue mi culpa” puede proporcionar una sensación de control. Si el problema fui yo, entonces quizá puedo hacer algo diferente para evitar que vuelva a suceder.
Esta forma de pensar puede parecer una manera de encontrar una solución, pero también coloca sobre la víctima una responsabilidad que no le corresponde. Aceptar que otra persona decidió ejercer violencia puede ser mucho más doloroso porque implica reconocer algo que no podemos controlar: no existe una manera correcta de comportarse que garantice que otra persona no será violenta.
Puedes aprender a comunicarte mejor, trabajar en tus propias dificultades y desarrollar herramientas para poner límites, pero lamentablemente, ninguna de esas cosas obliga a otra persona a respetarte cuando no quiere hacerlo; la violencia es responsabilidad de quien la ejerce. Reconocerlo no significa perder el control sobre tu vida. Significa colocar la responsabilidad donde realmente corresponde.
¿Por qué es tan difícil irse de una relación violenta?
Abandonar una relación violenta no suele ser una decisión sencilla ni lineal. Puede haber miedo a las represalias, dependencia económica, aislamiento, amenazas, hijos en común, falta de una red de apoyo, desgaste emocional, esperanza de que la situación cambie o una disminución progresiva de la confianza en las propias capacidades.
También puede existir ambivalencia: querer terminar y, al mismo tiempo extrañar a la persona; reconocer el daño y todavía sentir amor; saber que la relación no es segura y aun así tener miedo de dejarla.
Estas contradicciones no hacen que la violencia sea menos grave ni significan que la persona “no sabía lo que quería”. Significan que estaba intentando tomar decisiones dentro de una situación compleja, muchas veces mientras lidiaba con miedo, desgaste emocional o recursos limitados.
Por eso, preguntarte hoy “¿por qué no me fui antes?” puede ser injusto. Significa analizar el pasado con los recursos, la información y la perspectiva que tienes ahora, y no necesariamente con los que tenías en ese momento.
Cambiar la culpa por comprensión
La recuperación no consiste en convencerte de que todo lo hiciste bien. Consiste en poder mirar tu historia con mayor precisión: reconocer que algunas decisiones pudieron no haber sido las mejores sin convertirlas en la causa o justificación de la violencia que otra persona ejerció.
En lugar de preguntarte únicamente: “¿En qué me equivoqué?” Puedes comenzar a preguntarte: “¿Qué estaba viviendo en ese momento?” “¿Qué necesitaba?” “¿Qué recursos tenía disponibles?” “¿Qué estaba bajo mi control y qué no?”
Estas preguntas no buscan justificar lo ocurrido. Buscan comprender el contexto en el que tomaste decisiones y distinguir entre tus responsabilidades y aquello que correspondía a la otra persona.
Comprender tu historia desde un lugar menos castigador puede ayudarte a recuperar algo que la violencia suele deteriorar profundamente: la confianza en tu propia percepción. La responsabilidad de ejercer violencia pertenece a quien decide ejercerla.

¿Cómo empezar a sanar?
No existe una fórmula única para recuperarse de una relación violenta. Cada experiencia es diferente y el proceso puede tener avances, retrocesos, dudas y momentos de ambivalencia. Sin embargo, hay algunas acciones que pueden ayudarte a recuperar poco a poco la confianza en ti y en tus decisiones:
● Reconoce tus emociones. Tristeza, enojo, miedo, culpa, confusión o incluso extrañar a la persona pueden formar parte del proceso. Sentir algo no significa que quieras regresar ni que estés retrocediendo.
● Cuestiona la voz crítica. Cuando aparezca un pensamiento como “todo fue mi culpa”, pregúntate si realmente corresponde a los hechos o si puede estar relacionado con mensajes que escuchaste repetidamente durante la relación.
● Diferencia responsabilidad de influencia. Tus acciones pueden haber influido en una situación, pero eso no significa que seas responsable de que otra persona haya decidido ejercer violencia.
● Recupera tu red de apoyo. Relacionarte nuevamente con personas con quienes puedas sentirte escuchada/o, respetada/o y segura/o puede ayudarte a reconstruir una visión más amplia de lo que viviste.
● Permítete recibir ayuda profesional. La terapia psicológica puede ofrecer un espacio para comprender las secuelas de la violencia, trabajar la culpa, fortalecer la autoestima y desarrollar formas más seguras de relacionarte contigo mismo y con los demás.
● Practica la autocompasión. Hablarte con la misma comprensión que ofrecerías a alguien querido puede ayudarte a reconocer tu dolor sin convertirlo en castigo. La autocompasión no significa justificar lo ocurrido; significa dejar de utilizar el sufrimiento como una forma de corregirte.
● Retoma acciones de autocuidado. Dormir, alimentarte de manera regular, moverte, descansar, atender tu salud y recuperar espacios que te hagan sentir seguro/a pueden parecer acciones pequeñas, pero ayudan a reconstruir una sensación de cuidado y estabilidad después de una relación violenta.
● Activa poco a poco tu vida cotidiana. Volver gradualmente a actividades significativas —por ejemplo, retomar una afición, salir a caminar, realizar una tarea pendiente o reunirte con alguien de confianza— puede ayudarte a recuperar la sensación de capacidad,
autonomía y conexión con una vida que no esté organizada alrededor de la relación o de la culpa.
No tienes que seguir castigándote para reconocer lo que viviste
Si hoy cargas con culpa por una relación en la que sufriste violencia, quizá no necesites castigarte más para demostrar que reconoces lo ocurrido. Tal vez necesites detenerte a comprender de dónde viene esa culpa y qué papel ha tenido en la forma en que hoy miras tu historia. Porque sentirte responsable no significa que realmente lo seas.
Quizá aprendiste a dudar de tus emociones. Quizá pasaste tanto tiempo intentando evitar conflictos que terminaste creyendo que mantener la relación segura dependía de ti. Sanar no significa olvidar lo vivido ni convertir la historia en algo sencillo. Significa poder mirarla con mayor claridad y reconocer que tomaste decisiones con los recursos, la información y las posibilidades que tenías en ese momento.
Y quizá una parte importante de recuperarte sea dejar de preguntarte únicamente qué pudiste haber hecho diferente y empezar a preguntarte:
¿Qué necesito hoy para sentirme nuevamente segura/o, libre y en paz conmigo?
En Good Life Terapia creemos que ninguna persona debería recorrer este proceso en soledad. Buscar ayuda no es una señal de debilidad, sino un acto de cuidado y una oportunidad para reconstruir tu bienestar emocional.
Referencias
Amor, P. J., Echeburúa, E., Corral, P., Zubizarreta, I., & Sarasua, B. (2015). Salud mental en mujeres maltratadas por su pareja. Un estudio con muestras de México y España. Salud Mental, 38(5), 321-327.
Figueroa Chavarría, M. M., & Luna Lara, M. G. (2021). La violencia contra las mujeres en la pareja: principales perspectivas desde la psicología. Caleidoscopio, 25(44), 191-221. https://doi.org/10.33064/44crscsh2666
Vargas Núñez, B. I., López Parra, M. S., & Cortés Martínez, E. (2018). Violencia y atribución del conflicto en las relaciones de pareja. Vertientes. Revista Especializada en Ciencias de la Salud, 20(2), 40-48.

Itzayana Orozco Rosales es psicóloga clínica especialista en terapia cognitivo-conductual. Su experiencia abarca problemáticas relacionadas con ansiedad, estrés, depresión, intervención en crisis, desarrollo de talleres psicoeducativos dirigidos a población estudiantil y comunitario, procesos de duelo y acompañamiento psicooncológico. Asimismo, ha contribuido al ámbito académico como investigadora en temas de evaluación educativa. Actualmente atiende como parte del equipo de Good Life Terapia. Para agendar una consulta, puedes ponerte en contacto con nosotros aquí.

Brenda Monserrath Morales Pérez es psicóloga clínica especialista en terapia cognitivo-conductual. Su experiencia abarca problemáticas relacionadas con ansiedad, estrés, regulación emocional, autoestima, intervención en crisis, así mismo, desarrollo de talleres psicoeducativos dirigidos a población estudiantil y comunitario; y acompañamiento a víctimas de violencia. Actualmente atiende como parte del equipo de Good Life Terapia. Para agendar una consulta, puedes ponerte en contacto con nosotros aquí.



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